Entre los muros del Colegio Santa
María, profesores y alumnos pasábamos las horas, los días y los meses en medio de un sopor majestuoso.
Flotábamos en una nube monocolor sin relieve alguno, así que, en medio de ese letargo abisal cualquier nimio acontecimiento –un libro que
cae, los decibelios de un estornudo, una uña rasgando el encerado- tomaba carácter de hito histórico. Las monótonas excursiones a la factoría de
Coca-Cola o al Santuario de San Ignacio de Loyola tenían, en el colectivo, el
mismo tratamiento que un viaje a Marte.
Pero, en general, nada turbaba la paz de aquel dulce microcosmos. Las
inquietudes pedagógicas de los enseñantes eran cero, cero absoluto. Bastante tenían ellos con tejer el cojín de cloroformo sobre el que se ovillaba el babeante rebaño. En
lógica correspondencia, nosotros, ovejas agradecidas, memorizábamos las sandeces que nos salían al encuentro
mientras pedaleábamos, en compacto pelotón, siguiendo las señales
que nos deberían llevar hasta la añorada meta volante del aprobado. Y lo
hacíamos con la cabeza gacha, la vista clavada en aquellos textos ásperos como
el asfalto, sin incordiar ni siquiera un poco, cuando, en
realidad, deberíamos haber tomado aquella estúpida bastilla al asalto, arriando calavera y tibias en la imperial fachada,
para después pasar a cuchillo a tanto obispo y monarca de pacotilla.
Sin embargo, como ya nos advirtió Plinio, nada dura eternamente y con el paso de los años empezaron a ocurrir
cosas que no estaban en el guión. Fue en una de aquellas plomizas tardes de invierno cuando surgió la primera grieta en el armazón menesiano. Tendríamos ya trece años. Cabeceábamos sobre
el libro de Lengua Española en un
ambiente de depósito de cadáveres, bajo la lánguida luz de las fluorescentes y
con el habitual runrún de murmullos, sorbemocos, carraspeos y toses secas, mientras nuestros cuerpos sufrían metamorfosis siderales.
Estábamos mutando, como mutaban los monstruos de Viaje
al Fondo del Mar, o mejor, como los villanos de la Marvel, aquellos oficinistas
vulgares que tras exponerse
accidentalmente a una lluvia de neutrones se hinchaban más y más hasta
convertirse en furiosos titanes vengativos. Visto en perspectiva,
sorprende comprobar que en cualquiera de aquellos instantes, y tal como veríamos más tarde en una
película de terror espacial, no se hubiera derrumbado uno de nosotros sobre el
pupitre para, con violentas convulsiones, expulsar por el pecho un geiser de
hormonas enloquecidas.
Pues bien, estábamos en ésas cuando Barandica levantó y agitó el brazo.
- Síííí….Barandiiiiiiica…¿ qué desea? –dijo el fraile emergiendo como un galápago de una siesta pluscuamperfecta.
- Hermano Benigno…quería hacerle una pregunta…bueno… más
de una…
Era uno de los empollones de clase. Últimamente, se le veía algo retraído bajo su flequillo visigótico. El fraile
le dio la venia con un gesto vago. Y, entonces, Barandica, bajando la vista a un folio emborronado, leyó:
- Hermano…¿qué es el comunismo?¿son buenos o malos los
de la ETA?¿se puede follar cuando una chica tiene la regla?¿y por qué en este
colegio no puede haber chicas?¿no creer en Dios es pecado?¿los curas nunca se hacen pajas?¿por qué hay mayores que dicen que Franco es un
cabrón?¿sabe usted que don Carlos viene siempre borracho a clase?¿por qué y
desde cuándo le llaman a usted “Potofé”?...
A estas alturas la clase entera era un glorioso pandemonium. Como
siempre, expresábamos nuestro desconcierto con carcajadas y berridos mientras gesticulábamos como orangutanes. Mirábamos alternativamente a Barandica y al Hermano Benigno,
quien, saliendo al fin de su estupefacción, bramó mientras avanzaba hacia nuestro
compañero:
-¡¡¡¡Cállese ahora mismo!!!!
Le arrancó el papel de las manos. Le giró la cabeza de un sopapo olímpico
y después, agarrándole de la oreja,
arrastró al insolente petimetre fuera del aula, camino sin duda del despacho del
director.
Y entonces sucedió algo insólito. La clase se quedó sola,
sin tutor alguno. Y, en vez de producirse las habituales escenas de ruidoso
gamberrismo, nos quedamos en un absoluto silencio, sintiendo de lleno el eco de aquellas preguntas, aquellos pedazos de
realidad que tan abruptamente habían irrumpido allí, entre las herméticas
paredes del País de Nunca Jamás.
Porque algo era evidente. Habían venido para
quedarse.
4 comentarios:
chapeau!
Uy! Se quedaron sí, esas y otras mas...Vaya, que de golpe me he visto de nuevo en aquellas aulas de pupitres de a dos ajados, con hueco para el tintero, sus marcas de generaciones y el Benigno...Por Dios! O he tenido una pesadilla o soy muy mayor o ambas cosas.
Muy bueno chico, algún día escribiré el caso del petardo retardado en clase de francés...
Ch.B.
Anónimo: "¿algún dia escribiré?"...mejor hazlo ya camarada, que a nuestra edad ya no se sabe...jejeje...Espero con ansiedad la historia del petardo. Y lo dicho: mejor hoy que mañana. Un saludo...
Muy bueno. Aún me estoy riendo. Solo una puntualización: -corrígeme si se trata de una licencia literaria- El Benigno siempre fue "el Borlas". "El Poto" -Potofé o Pot au feu- era el hermano Bernardino, que escondido en su madriguera nos vendía cuadernos, láminas y demás papelería. Voy a volverlo a leer; merece la pena.
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