Para combatir ese desasosiego cabroncete y traidor conviene tener a mano una Caja Mágica. Yo tengo una. En ella hay cosas materiales que me reconfortan, activan a mi alrededor un escudo magnético protector que asfixia y repele el ataque de esas fuerzas malignas. Aunque son secretas (las cosas esas de la caja), voy a enseñaros algunas. Pero poco a poco, ahí va la primera.

Ahí está, el único single que me he comprado en la vida. Fué hace mucho tiempo, y sin duda alguna víctima de un ataque masivo de jóvenes e impulsivas feromonas. Gilbert O'Sullivan -un irlandés melosón con el pelo cardado y cortado como a tazón- escupía con ojos tristes una canción que con el tiempo iba a ser un cásico. La narración de un pobre hombre al que le daban calabazas en el altar y se quedaba "otra vez solo, naturalmente" atravesó como una exalación el espacio sideral para irse a clavar en mi recién formado corasonsito y quedarse allí, doinnnnnnngggg, vibrando como lo haría un cuchillo en la madera de un alcornoke (siempre y cuando se lance a distancia y con esa profesionalidad que hoy tanto escasea), doinnnggg. El solo de guitarra española del centro marcó un antes y un despues, fue mi caída de Contantinopla, me catapultó de un sopapo a la espantosamente genial adolescencia que, como uno de esos tigres Dientes de Sable de los comics de Conan, surgió de pronto de allí, del mismísimo fondo de aquella negra oscuridad vinílica que giraba cuarentaycinco veces por minuto, surgió de allí, digo, y me pilló en babia, me atrapó, me masticó, me escupió sobre la alfombra de la habitación, me agarró por los tobillos y me empezó a golpear contra las paredes una y otra vez...y así hasta hoy.
Otro día, otro secreto de la Caja Mágica, queridos amigos. Si no tenéis una, ¡confeccionadla ya¡ ¡antes de que os pille el toro, coño¡.