miércoles, 11 de junio de 2014

La mejor canción



Durante un tiempo adoré a The Moody Blues. No entendía sus letras, pero los títulos de las canciones y las retorcidamente filosóficas portadas de sus discos conectaban con el abismado, pedantesco, ególatra adolescente en que me había convertido (y ahora que lo pienso, ay, ay, ay, ¿y si no he cambiado gran cosa?). Tenía catorce, quince años. ¿Cómo no iba a compadrear con los Moody? Flechazo. Simplemente, les adopté, me adoptaron, nos entendimos. Para mí, aquellos ingleses rezumaban profundidad, misterio y elegancia en dosis generosas. Los escuchaba en un vetusto tocadiscos Dual, sin tregua ni descanso, una y otra vez, posando la punta de zafiro de la aguja con delicadeza zen en el borde exterior del disco y dejándome arrastrar después por aquella espiral mágica que me sumergía heroico y solitario, con toda la vida por delante, en el mundo Moody.

Pues bien, y atentos porque aquí viene lo bueno, el tocino, lo que os va a poner de mi lado o frente a mí: os puedo jurar que en la actualidad, a pesar de haber transcurrido tantas lunas desde aquello, bastan tres acordes de una canción de los Moody (pueden sonar en el BBV o El Corte Inglés, probablemente pertenecerán a la analgésica “Noches de Blanco Satén”, de 1967, la canción que sobrevive al tiempo y los cataclismos, su estandarte, ¡oh, el amor, esas noches tan blancas!) bastan unos acordes, decía, para que se produzca el hechizo y vuelva a encarnarme en aquel adolescente. A mi alrededor renacen la misma habitación donde me enclaustraba, la televisión de blanco y negro sonando al otro lado de la pared, el tic-tac del viejo despertador preindustrial, el olor del líquido limpiamuebles … No es que lo recuerde o lo reviva. No. Es más que eso. Mucho más. ¡Vuelvo a estar allí! Nada de magdalenas: es un fenómeno paranormal en toda regla. Esa magia, esa repentina fractura del espacio-tiempo,  en mi caso sólo puede venir de la mano de las canciones.

No hay un guión predeterminado. Pero sí algunas pautas más o menos estables. Suena una canción y, como les sucedía a los protagonistas de “El Túnel del Tiempo”, me veo absorbido por una fuerza superior que me arranca del lugar en que estoy (la sala de espera del dentista, la tasca de la esquina, un supermercado…), me zarandea en el aire y me escupe en otra época de mi vida. Así, suena el “Close to you” de The Carpenters y ¡zas!: soy un niño sentado, poco antes de comer, sobre las baldosas calientes de una vieja- pero vieja, vieja, ni os imagináis cuanto- cocina. El balcón, que da a un patio salvaje con perros paranoicos y una sucia higuera barroca y gigantesca cuyas ramas, si me estiro, puedo tocar, está abierto y entra un sol radiante, mi madre trajina en los fogones de la chapa de carbón y tengo delante un grueso escarabajo de colores asombrosos que ha llegado volando y se arrastra por el suelo bajo esa intensa luz que nos baña. Y los Carpenters suenan en el transistor que está sobre la nevera. ¿Qué hizo que esta situación quedara grabada de una forma tan nítida? ¿Dónde está el engranaje que conecta para siempre esa cocina soleada y el “Close to You”? No tengo ni idea. ¿Hay algún psicoanalista en la sala? Si lo hay que no se acerque.

Lo que sí tengo claro es que son las canciones las que nos eligen. Ese es su poder: son diabólicamente capaces de tocar teclas de ti mismo cuya existencia tú mismo desconoces. Se te van pegando al cuerpo sin previo aviso según avanzas por la vida y para cuando te das cuenta ya eres Moby Dick deambulando océano arriba y océano abajo con el lomo convertido en un collage de arpones sonoros milenarios, estribillos tatuados y próceres del ritmo. Sacúdete lo que quieras que ahí siguen y ahí van a seguir. Van contigo, se han sumado a la fiesta y no hay nada más que hablar. Son, en realidad, una vocinglera y variopinta pandilla compuesta en mi caso por nombres como Iggy Pop, Louis Armstrong, Mari Trini, Rachmaninov, Sufjan Stevens, Los Pop Tops, Los Chimberos, Kate Bush, Dizzy Guillespie, Gipsy Kings, Beck, T. Rex, Txomin Artola, José Feliciano, The Psychedelic Furs, La Misa Criolla, la Orquesta de Paul Mauriat, Understones, The Cure, La Quinta Reserva, Silvio Rodriguez, Coldplay, Deep Purple, Joe Hisashi, la ELO, Lorenzo Santamaría, Uriah Heep, Badfinger, Sex Pistols, Los Chunguitos, Satie, Grease (Soundtrack), Tangerine Dream, Cudly Toys, Nacha Pop, Zarama, Creedence, Sisa, Wings, Elisa Serna, Bloque, The Smashing Pumpkins, Storm, Demis Russos, Sabrina, Deep Purple, Manzanita, Guess Who, Suede, Los Barbis, Pat Metheny, Bee Gees y tantos otros. Todos y cada uno de ellos es especial por algo. Un tracklist existencial. Portales a otra dimensión. Rectas autopistas o caminos sombríos hacia amores perdidos o presentes. Pasadizos secretos a los grandes momentos de la historia de la amistad. Conjuros que resucitan caras, gestos y voces que ya no están. Tambores lejanos emboscados en la jungla diaria (una radio que suena en el patio, un bar al azar, un coche que se detiene en el semáforo con las ventanas bajadas, el fondo de un anuncio televisivo…) y que me hacen temblar, reír, llorar, gritar. Dardos dirigidos a mi estado de ánimo que sólo yo sé el precio que pago simplemente por citarlos. Así es y así debe ser. Y aquí los llevo, pegados a la piel. Para bien y para mal somos un equipo y viajamos juntos mientras haya mar por delante y dure esta aventura. Y esta es la mejor de las canciones.








1 comentario:

nineuk dijo...

Fantástico. Podría ser un gran prólogo...

;-)