

Bilbao es un pueblecito muy familiar, así que unas doscientas baldosas adelante casi soy arrollado por Lady Moviestar, una sudamericana muy bajita y de cara simpática que siempre, siempre, siempre va hablando por el móvil. Bueno, más que hablar va sumergida en él, vive dentro de la conversación, el exterior no existe para ella. En una ocasión coincidimos en el mismo vagón de metro. Mientras tres de sus endemoniados sobrinos (sobrinos sí, lo dijo ella en voz alta) desmantelaban literalmente el mobiliario circundante ella, entre carcajadas, hablaba por dos móviles a un tiempo, uno en cada oreja , os lo juro, cuando sonó un tercero que llevaba escondido en algún sitio. Lo hizo con las notas de “La Cucaracha”. Y sonaba bien.
Total que alrededor de las ocho (pues la puntualidad es una de las muchas virtudes que adorna a los miembros del Club, es cosa que viene de linaje) ya estamos los 4 Osos reunidos en la zona VIP antifumadores del moruno Iruña desparasitándonos mutuamente tras los habituales gruñidos de reconocimiento grupal. En un plis plas ya estamos tres de nosotros inoculando con vehemencia al cuarto la necesidad de consumir “inmediatamente y sin más demora” Spotify , el invento del siglo, la joya de internet. Un tira y afloja que nos debe dar un hambre de la ostia, porque media hora más tarde ya estamos sentados en una de las mesas cuadradas del Ledesma ante unos bocadillos de: lomo con queso ( pedido en barra como lomo con pimientos…algo pasaría en el camino: la típica metamorfosis sobre la marcha), tortilla de atún (bis, two, 2, due, bi) y merluza. Mi

Con todo esto, siguiendo las pautas magistralmente marcadas una vez más por el Oso Mayor (un genio reconocido internacionalmente de la intendencia y las gestiones complejas), un cigarrillo y unas cuantas risas más tarde ya estamos entre las sagradas paredes del Antzokia, birra en mano, justo en el momento en el que surgen en escena los suecos The Soundtrack of Our Lives. El templo está abarrotado y húmedo y la cosa

El caso es que entre pitos y flautas y para ser miércoles, ya se habían hecho altas las horas. Presionado por ser el Oso con la osera más lejana y, a buen seguro, machacado por la perspectiva del madrugón laboral del día siguiente, Oso Man-ú había desparecido en algún momento del segundo bis de los suecos. Lastimoso contratiempo que, en todo caso, no fue óbice para que, una vez finalizada la pachanga, los tres supervivientes no dudáramos ni un segundo en dirigirnos a uno de los lugares más pijos de Bilbao: La Cigarrera, donde a buen seguro hubiéramos pasado desapercibidos si no nos hubiera dado por corear a grito pelao “BRAUUUUUUUUUNNN SUGAAAAAAR” y cosas parecidas junto a los tres meritorios músicos que se ganaban el pan en esa caja de cerillas posmoderna tocando éxitos de siempre a base de voz, guitarra, bajo y batería. Hubo más tarde, ya en la calle, gruñidos de despedida a la vasca sazonados con nuevos objetivos y cada mochuelo a su olivo.
Pd. Vaso de agua fresca, gelocatil y a planchar la oreja.